Porqué las mujeres están calificadas para el liderazgo ministerial

Redimidas, ungidas, dotadas, llamadas y amadas por Dios exactamente de la misma forma que los hombres, las mujeres deberían ser plenamente liberadas a ejercer sus dones en cada faceta del ministerio en Su iglesia.

En medio del actual debate nacional sobre el papel de la mujer en el ministerio, La Iglesia Cuadrangular mantiene la misma postura que ha sostenido desde su fundación: tanto las mujeres como los hombres están plenamente capacitados para ejercer el liderazgo ministerial. Este artículo, publicado originalmente en enero de 2011, ofrece una breve síntesis del fundamento bíblico de dicha postura.

En el relato más antiguo sobre el hombre y la mujer en la Biblia, encontramos una relación de colaboración. Esto no constituye, por sí mismo, un argumento persuasivo a favor del rol de las mujeres en el liderazgo ministerial. Sin embargo, sienta un precedente de gran peso.

Un breve recorrido por la Biblia revela a varias mujeres particulares a quienes Dios utilizó para enseñar, liderar y supervisar a Su pueblo. Desde Génesis hasta Apocalipsis, las mujeres han desempeñado funciones de liderazgo ministerial.

Mujeres en el Antiguo Testamento

  1. Mirian fue llamada “la profetisa”, (vean Éxodo 15:20, RV1960), y fue una de los tres líderes principales “enviados delante de” Israel por Dios para sacar al pueblo de Egipto (vean Miqueas 6:4).
  2. Débora, la esposa de Lapidot, fue una jueza de Israel, manteniendo a la tierra “en reposo por cuarenta años” (vean Jueces 4:4-5; 5:31). Su asistente masculino, Barac, difirió a ella el rol de liderazgo principal porque reconoció sus dones/llamado.
  3. Cuando Hilcías, el sumo sacerdote, halló el Libro de la Ley perdido en el año 621 a. C., el rey Josías decidió consultar al Señor por medio de la profetisa Hulda, esposa de Salum, quien entonces profetizó al sumo sacerdote y al rey Josías (vean 2 Reyes 22:14-20).
  4. Ester utilizó su autoridad real para lograr la liberación de su pueblo, y Mardoqueo hizo conforme a lo que ella le ordenó (vean Ester 4:13-17).

Mujeres en el Nuevo Testamento

  1. Después de que Pedro y el resto de los discípulos (hombres) negaran a Jesús y lo abandonaran, son las mujeres de entre ellos quienes, como ha señalado N. T. Wright, “llegan primero al sepulcro, son las primeras en ver a Jesús resucitado y las primeras a quienes se les confía la noticia de que ha resucitado de entre los muertos. Esto tiene un significado incalculable”.
  2. En Pentecostés, Pedro recordó a todos que el ministerio profético y el derramamiento del Espíritu de Dios habían sido prometidos a “hijos e hijas”, tanto a ancianos como a jóvenes por igual—a todos los siervos del Señor, “hombres y mujeres” (vean Joel 2:28-29; Hechos 2:17-18). Ese mismo día, en el aposento alto, tanto mujeres como hombres fueron llenos del Espíritu Santo (vean Hechos 1:14; 2:4).
  3. Priscila, quien de manera atípica suele ser mencionada antes que su esposo, Aquila, colaboró con él en la enseñanza y corrección del entendimiento del elocuente Apolos, un hombre “poderoso en las Escrituras” (vean Hechos 18:24-26). Como “colaboradores” de Pablo, pastorearon juntos una iglesia que se reunía en su hogar (vean Romanos 16:3-5).
  4. Cuando Saulo devastaba la iglesia “entrando casa por casa”, hombres y mujeres fueron encarcelados o “esparcidos por las regiones”, donde continuaban predicando la palabra (vean Hechos 8:1-4).
  5. Felipe, conocido como evangelista, tuvo cuatro hijas solteras llamadas “profetisas”, al igual que Agabo fue llamado “profeta” (vean Hechos 21:8-9).
  6. Junia, junto con Andrónico, formó parte de un destacado grupo de apóstoles (vean Romanos 16:7).
  7. Febe fue diaconisa de la iglesia en Cencrea (vean Romanos 16:1) y también benefactora de Pablo (vean Romanos 16:2).
  8. Varias mujeres, como Ninfa y “la dama escogida”, dirigieron iglesias (vean Colosenses 4:15; 2 Juan 1).

Los Primeros Discípulos

Es cierto que los primeros doce, llamados “discípulos”, fueron exclusivamente hombres. Jesús no designó a ninguna mujer como apóstol durante Su ministerio terrenal; sin embargo, como ya se ha mencionado, Junia, una mujer, es llamada “destacada entre los apóstoles” en la carta de Pablo a los Romanos.

El hecho de que Jesús eligiera a doce hombres como apóstoles fundadores no constituye una declaración sobre los requisitos de género para ejercer el ministerio (es decir, que esté reservado solo para hombres), del mismo modo que tampoco lo es el hecho de que las primeras personas en anunciar la resurrección de Jesús fueran mujeres. ¿Acaso afirmaríamos que solo las mujeres pueden hablar de la resurrección de Jesús?

Si bien Jesús entró en la historia de la humanidad en un momento concreto, ¡nadie sugeriría que quienes no vivíamos en aquella época debamos quedar excluidos del liderazgo en Su iglesia! Una imagen puntual del inicio de Su ministerio terrenal no refleja la totalidad de lo que el ministerio de Jesús ha llegado a ser con el paso del tiempo. Su grupo itinerante de doce discípulos no incluía a franceses del siglo XIX ni a mujeres de los Balcanes del siglo IV. Sin embargo, a medida que el número de Sus seguidores crecía a lo largo de los siglos, Su comitiva llegó a abarcar a personas de toda índole.

Recordemos también que todos los apóstoles eran judíos; sin embargo, nadie exige que los líderes eclesiásticos de hoy en día deban ser judíos. Dado que Jesús llegó a un lugar específico del mundo, Sus seguidores procedían inicialmente solo de ese lugar. Ellos eran judíos, los herederos de las promesas de Dios.

Pero Él vino por todas las personas de todas las naciones, y por eso celebramos a los creyentes y líderes de toda nación que pertenecen a Su iglesia. Él incluye a todas las personas basándose en la fe: “El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (vean Rom. 1:16).

Quienes se identifican con Cristo se unen a un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (vean 1 Ped. 2:9). Para unirnos, Dios elimina las distinciones económicas, religiosas, culturales y étnicas, así como cualquier otro rasgo de lo que somos “según la carne” (vean 2 Cor. 5:16).

Él desea que Su pueblo sea un pueblo unido uno con el otro, donde cada uno de ellos aporta un ministerio significativo a todo el cuerpo (vean Efesios 4:16). Por eso Pablo exhorta a todos los creyentes —no solo a los hombres— a “anhelar los dones espirituales, pero especialmente a profetizar” (vean 1 Corintios 14:1). El objetivo es que, cuando la iglesia se reúna, “cada uno tenga un salmo, una enseñanza o una revelación” (vean 1 Corintios 14:26).

Así sucedió en el nacimiento de la iglesia en Pentecostés. Las “lenguas de fuego se posaron sobre cada uno” en el aposento alto (vean Hechos 2:3), y entre quienes se reunieron con los discípulos había ciertas “mujeres, y María, la madre de Jesús” (vean Hechos 1:14). Aquellas mujeres también participaron en el desbordamiento del ministerio, “hablando según el Espíritu les daba que hablasen”, lo que permitió que personas de todos los idiomas oyeran hablar de “las maravillas de Dios” en sus propios idiomas (vean Hechos 2:4).

Desde el Aposento Alto

No fueron solo los hombres del aposento alto quienes salieron al sitio de mercado. Las mujeres participaron plena y equitativamente en aquel primer alcance ministerial. Su participación explica por qué Pedro citó al profeta Joel al hablar de “hijos e hijas” que profetizaban y del Espíritu de Dios derramado sobre “hombres y mujeres por igual”, para que toda la humanidad tuviera la oportunidad de invocar el nombre del Señor (vean Hechos 2:17-18).

La iglesia primitiva se quedó atónita al ver que Dios concedía a los gentiles “el mismo don” que les había dado a ellos (vean Hechos 11:17; 15:7-11). Sin embargo, finalmente comprendieron que estarían “obstaculizando a Dios” si persistían en su tradicional exclusión de los incircuncisos (vean Hechos 11:15-18).

A veces, las prácticas limitantes o restrictivas pueden confundirse con la ortodoxia. El estamento religioso —especialmente aquellos con autoridad para enseñar— puede transformar con demasiada facilidad un mensaje liberador en principios opresivos. Históricamente, la posición de la mujer en el liderazgo de la iglesia parece evocar esa exclusividad divisiva.

Al igual que los gentiles son “coherederos” junto con los judíos gracias al evangelio (vean Efesios 3:6), también lo son las mujeres. Redimidas, ungidas, dotadas, llamadas y amadas por Dios exactamente igual que los hombres, las mujeres deben ser plenamente liberadas para ejercer sus dones en todas las facetas del ministerio en Su iglesia.

Aunque claramente fuera de sincronismo con la cultura de aquella época, hombres y mujeres en el Nuevo Testamento ejercieron un ministerio mutuo e igualitario. El ministerio significativo en la iglesia no se limitaba a un género, una nacionalidad o un grupo de edad en particular.

Los hombres y las mujeres son complementarios, y no cumple ningún propósito divino que alguno de los géneros funcione de manera autónoma, actuando con independencia y sin necesitar al otro (vean 1 Corintios 11:11). Me parece que establecer distinciones entre nosotros para tratar a un grupo de manera diferente a otro no se ajusta a la voluntad de Dios.

En la iglesia no hay lugar para un trato sesgado hacia las personas basado en su situación económica, origen racial, identidad nacional, afiliación política, crianza religiosa o edad; tampoco debería existir discriminación por motivos de género. El requisito para el ministerio no es el género, sino la rendición.

Adaptado de “The Problem With the Problem With Women in Ministry Leadership” (El problema con el problema de las mujeres en el liderazgo ministerial), de Daniel A. Brown, Jenifer A. Manginelli y Kelly C. Tshibaka. Copyright 2010. Publicado por Commended to the Word. Utilizado con permiso. Ninguna parte de este artículo puede ser reimpresa ni distribuida en forma alguna.

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