En cada temporada, parece que hay temas que alcanzan el nivel de diálogo y preocupación nacionales, lo que nos obliga a sopesar una vez más cómo administramos nuestras voces y guiamos a nuestras comunidades. Mientras los apoyo en esta temporada, quiero compartir algunas palabras para animarlos mientras buscan a Jesús y lideran fielmente en sus lugares de ministerio.
Lo que está ocurriendo en Minneapolis y en otras ciudades de nuestra nación no es teórico. No es un titular que se puede pasar por alto. Es algo personal. Está alcanzando a las familias en nuestras iglesias, inquietando a los niños en nuestros ministerios y provocando ansiedad en las comunidades que pastoreamos.
Algunos se preguntan si la Iglesia ve lo que está sucediendo. Otros se cuestionan si el silencio implica indiferencia.
Debemos decirlo claramente: la Iglesia no bendice la crueldad. No aprobamos un lenguaje deshumanizante ni tácticas abusivas contra ninguna persona. Cada persona—documentada o no—lleva la imagen de Dios.
Esa convicción no es partidista; está arraigada en la creación misma (Génesis 1:27). Si las prácticas de aplicación de la ley derivan en humillación, fuerza innecesaria o en la erosión de la dignidad humana, se colocan en tensión con el corazón de Cristo.
Reconocemos que el gobierno civil tiene autoridad bajo Dios para establecer y hacer cumplir las leyes. La política migratoria es compleja. La aplicación de la ley no es automáticamente una injusticia. Nuestro llamado como pastores no es reaccionar ante cada acontecimiento con denuncias generalizadas, pero tampoco es refugiarnos en una ambigüedad segura.
Las Escrituras son consistentes y contundentes en este punto, y constantemente instan al pueblo de Dios a recordar nuestra propia peregrinación y a extender hospitalidad al extranjero (Deuteronomio 10:18-19; Levíticos 19:33-34; Hebreos 11:13). El corazón del Señor se inclina hacia los vulnerables, los extranjeros y los oprimidos.
Los profetas hablaban cuando el poder se mal utilizaba. Jesús se acercó a aquellos que vivían con temor y en los márgenes. No podemos reclamar Su nombre e ignorar ese patrón.
Somos pastores. Y pastorear en este momento requiere atención. Muchos de nuestros líderes son inmigrantes, y en muchas de nuestras congregaciones hay familias inmigrantes que sienten temor.
Hay agentes del orden público y oficiales del gobierno que se reúnen y adoran entre nosotros, tratando de llevar a cabo tareas difíciles. Probablemente haya personas en nuestras congregaciones y comunidades que discrepan profundamente sobre la política. La tentación en tiempos como estos es polarizar o actuar. Pero nuestras tareas son distintas. Estamos llamados a encarnar a Cristo.
Eso significa crear espacios para escuchar y lamentar. Hablamos cuidadosamente, pero con honestidad acerca de la dignidad humana. Rechazamos la retórica que despoja a las personas de su humanidad. Escuchamos sin necesidad de etiquetar. Cuidamos de quienes están ansiosos sin avivar su temor. Nos preparamos sabiamente y legalmente, sin convertirnos en alarmistas.
Algunos buscan claridad moral. La claridad moral no requiere indignación, pero sí exige valentía. Significa ser capaz de decir: “Nos oponemos a la crueldad”, y al mismo tiempo decir: “No convertiremos a la Iglesia en un instrumento partidista”.
Implica recordar que nuestra ciudadanía última está en los cielos y que el amor al prójimo no es opcional (Filipenses 3:20; Mateo 22:37-39), pues estamos llamados a honrar la imagen de Dios en todos los pueblos y culturas. En este momento, nuestra postura es encarnar la misericordia justa y el valor humilde de Jesús, dependiendo del Espíritu Santo para volvernos tanto compasivos como valientes.
Mi oración por ustedes, como pastores, es que lideren con firmeza. Soy consciente de que vivimos en un momento en el que los problemas que nos rodean se ven principalmente a través de un lente político o ideológico, pero buscamos ser guiados por el Espíritu, formados por las Escrituras y “astutos como serpientes y sencillos como palomas”. Busquen la justicia por encima de la relevancia, para que su tono refleje la paz de Cristo.
Dejen que su amor por Dios y por el prójimo guíe su lenguaje. Cuiden profundamente de quienes están siendo afectados. Oren por sabiduría para los líderes cívicos. Y, sobre todo, cuando las personas se encuentren con las iglesias Cuadrangulares en esta temporada, encuentren la misericordia justa y la humildad de Jesús (Miqueas 6:8).
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La postura de la Cuadrangular
La declaración de la Cuadrangular sobre los inmigrantes, ratificada por el cuerpo de votación de la convención en 2012
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