En Juan 20:19-22 leemos: “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. (RV1960).
¿Alguna vez se ha detenido a pensar en cuán lamentable, cuán triste, cuán completamente abatida y desanimada era la condición de los discípulos tras la crucifixión de su Señor? El Príncipe de los pastores había sido aniquilado. Las ovejas se habían dispersado por todos lados. Desconcertados y aturdidos por la rapidez del golpe, que había caído como de un cielo despejado, sus corazones se llenaron de terror y horror por todo aquello.
“¿Será posible que hace tan solo unos días caminamos orgullosamente detrás de Él durante su entrada triunfal en Jerusalén? Habíamos estado a Su lado en muchas pruebas y ahora creíamos que había llegado la hora de Su glorificación, cuando los hijos de los hombres se inclinarían ante Él, ¡colocando un cetro en Su mano y una corona sobre Su frente!”.
¡Con qué desconcierto y horror estuvieron llenas las horas siguientes! Aquella extraña noche en el jardín, las linternas que se abrían paso entre los árboles, hombres con espadas y palos en las manos, la traición de nuestro Señor, la rapidez de Su juicio y condena, la brutalidad implacable de Su crucifixión. La figura desolada y solitaria de nuestro Señor, colgando ahí, entre la tierra y el cielo—la bajada de ese cuerpo inerte y frío de la cruz—su entierro en la tumba.
“Todos nos odian y buscan nuestra vida porque hemos sido Sus discípulos. En lugar de conducirnos a un trono de gloria, nuestros pies nos han conducido a un pozo de desesperación. Ha llegado el fin de esa antigua y gloriosa vida, y aquí estamos sentados, apiñados en temor y temblando”.
¿Cuáles debieron ser sus emociones en esta, su oscura noche de desesperación, cuando, alzando sus cabezas, que se habían inclinado por el desánimo y la tristeza, miraron a través de la borrosidad de las lágrimas y vieron a su Señor?
En medio de la emoción y el suspenso que sobrecargaban el ambiente, de repente, con gentileza, autoridad y, ¡oh, con tanto amor!, llegaron los acentos de esa voz querida y conocida, pronunciando esas mismas palabras familiares, esas palabras que obran milagros, esas palabras que calman tormentas, que infunden paz y que envuelven en el descanso: “Paz sea a vosotros”.
Paz sea a vosotros
¡Oh! Cuánto volumen debieron contener esas cuatro gloriosas y típicas palabras del Maestro—“Paz sea a vosotros”. Y cuando había dicho esto, Él les mostró Sus manos y Su costado.
¡Entonces se alegraron los discípulos! Cómo debieron haber caído a Sus pies y puesto sus brazos sobre esa forma amorosa. No más necesidad de incertidumbre—no más necesidad de temor, ni temblor, ni apiñarse tras puertas cerradas por temor a lo que pudiera hacer el hombre. Su Señor vive, y porque Él vive, ustedes también vivirán. Jesús compartió entonces otros dos mandamientos importantes.
Como Mi Padre me envió, así Yo los envío
Jesús está diciéndoles: “Escúchenlo, oh discípulo—escúchenlo Pedro, Santiago y Juan—, como mi Padre me envió, yo los estoy enviando a ustedes. Pronto ya no me verán, pero recuerden que dejo inconclusa la obra de evangelizar el mundo. Ustedes deben salir y continuar con la obra. Las obras que yo he hecho, ustedes las harán”.
“Pero, aunque los envío, hijos, a predicar el evangelio a toda criatura, no los envío en sus propias fuerzas, su propia sabiduría o entendimiento. ¡Qué pequeño y lastimoso grupo serían si salieran en sus propias fuerzas! Ahora se han dado cuenta de una gran carencia y necesidad en sus vidas”.
“El primer paso para recibir poder, oh discípulos, es una comprensión de su necesidad de éste. Esta necesidad se demuestra elocuentemente esta noche. Rodeados de sus enemigos, son incapaces de vencerlos; de realizar la predicación y evangelización—pero no hay unción de poder para hacerlo. Escuchen, pues, mi tercer mensaje y grábenlo profundamente en las tablas de sus corazones”.
Reciban el Espíritu Santo
El tercer mensaje de Jesús para ellos es este: “Este poder que les ha faltado está encarnado en el Espíritu Santo—poder para orar, poder para predicar, poder para mantenerse firmes como una roca, poder para derribar las fortalezas de la incredulidad, poder para mantenerlos firmes en la hora de las pruebas de fuego, poder para impulsarlos hacia, en lugar de alejarse de, las persecuciones, los encarcelamientos y las palizas con muchos azotes”.
“Vayan por el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura—pero quédense primero en Jerusalén hasta que sean investidos con poder de lo alto. Nunca podrán vencer en sus propias fuerzas—reciban el Espíritu Santo”.
Sus palabras todavía aplican hoy día
En tales entornos y en tales circunstancias se dieron los tres primeros mensajes del Señor resucitado a Sus discípulos. Estas palabras siguen vigentes en la actualidad. Todavía se pueden conquistar fortalezas para Dios. El mundo aún puede ser trastornado por los creyentes en Su nombre. Los pecadores aún pueden ser llevados al reino en multitudes. Los enfermos aún pueden ser sanados, y los creyentes pueden llegar a rebosar con la plenitud del Espíritu Santo.
Cuán similares son las condiciones actuales en la iglesia hoy a las de los primeros discípulos en tiempos pasados. Sin duda, la carencia es idéntica. El fracaso es idéntico. Y la solución al problema es idéntica.
Despertemos hoy, iglesia del Dios vivo. Ya no nos sentemos temblando tras puertas cerradas, en temor. El Señor ha resucitado. La muerte y el infierno están bajo Sus pies. El diablo es un enemigo derrotado. Nuestro Señor, un vencedor y Salvador.
Lo que necesitamos sobre todo hoy es el regreso del antiguo poder de Pentecostés. Sin este poder, los primeros discípulos habrían estado impotentes—jamás habrían tenido éxito, habrían continuado el resto de sus vidas con miedo y haciendo concesiones, y pescando desde el lado equivocado del barco de la vida, recogiendo solo redes vacías.
Todavía se pueden conquistar fortalezas para Dios. El mundo aún puede ser trastornado por los creyentes en Su nombre. Los pecadores aún pueden ser llevados al reino en multitudes. Los enfermos aún pueden ser sanados, y los creyentes pueden llegar a rebosar con la plenitud del Espíritu Santo.
-Aimee semple mcpherson
En nuestras propias fuerzas no podemos hacer nada. El dedo de los futuros avivamientos apostólicos apunta hacia Pentecostés. Levantémonos y encaminémonos al aposento alto. Esperemos hasta que seamos investidos con el Espíritu Santo y poder.
Gracias a Dios, miles ya han esperado y no se han marchado con las manos vacías. El derramamiento de la lluvia tardía del Espíritu Santo, descendiendo del cielo en copiosas lluvias. Ministros y laicos están recibiendo el poderoso bautismo del Espíritu, tal como lo hicieran los 120 del segundo capítulo de los Hechos en ese glorioso aposento alto.
Miles de personas se están volviendo a Cristo bajo la predicación de estos creyentes llenos del Espíritu y están naciendo en el reino de nuestro Dios y Su Cristo. Que nada los detenga a ustedes. No lo dejen para mañana. Comiencen ahora mismo a esperar en el Señor hasta que el manto de Su Espíritu descienda sobre ustedes.
Entonces elevaremos nuestros corazones y nuestros cánticos juntos en adoración y alabanza a Aquel que nos ha hecho triunfar gloriosamente; y diremos: ¡Adiós, temblor y trepidación tras puertas cerradas! ¡Bienvenidos, victoria y júbilo del Señor viviente como el todopoderoso Jehová Jireh!
Nota del editor : Este artículo fue adaptado de un sermón de Pascua escrito por Aimee Semple McPherson y publicado en la revista de The Bridal Call Foursquare [El Llamado de la Novia Cuadrangular] en 1923.
